Desde que la Consejería de Educación ha decidido ahorrar, yo hago sustituciones una hora detrás de otra. Agota. Derrota. Me deja sin voz. Lo mismo tienes que explicar LA DIVISIÓN, que tienes a un mini sujeto lloriqueando porque quiere una pegatina (que no se merece, nadie se merece semejante tontería) en la frente por haber traído un plátano para el almuerzo.
Andaba yo esta semana en la segunda planta, en el lado donde están los andamios con albañiles subidos en ellos. Sustitución, claro. Relieve español. Allá que voy yo con mis pliegues gigantescos de papel. Tengo una compañera que se cachondea de mi, dice que todo lo soluciono con aros y pliegues de papel. Y entro en esa clase con treinta tarros repletos de hormonas. Bla, bla, bla. Lo siento, hoy no tengo inspiración. Hoy no me sale el motivaros para que se os quede algo. No.
En una de esas miro hacia la ventana y lo veo. Sí, ahí está, un albañil con una tubería de unos veinte centímetros de diámetro puesta a la altura de la entrepierna. ¿Tiene cara de salido?. Sigo la dirección de su par de ojos. Una sujeto de once años sonriente sujetando su camiseta (con escote) para enseñarle de pleno las tetas al futuro fiambre (niña gitana, trabajador payo). Mira tú que bien, pienso. Apoyo la tiza en la pizarra. Me acerco a la niñata la cojo del brazo tranquilamente y la saco de la clase.
Es muy largo de contar. Pero os diré que el padre de la niña, en vivo y en directo, con un Cristo de oro colgado del cuello del tamaño un melón de esos redondos y anaranjados, me dijo que no tenía importancia lo que hizo su hija pero que “a ese hijo puta le iba a cortar los huevos”.
Y yo hoy, terminando la semana como la empecé, con ganas de subirme a una mesa y gritar como una loca y dar saltos y dar collejas. Me agota ser contenida y equilibrada. Necesito un patio de recreo para gritar y darle patadas a mis compañeros y decirle al profe de guardia que fueron ellos quienes empezaron.
Andaba yo esta semana en la segunda planta, en el lado donde están los andamios con albañiles subidos en ellos. Sustitución, claro. Relieve español. Allá que voy yo con mis pliegues gigantescos de papel. Tengo una compañera que se cachondea de mi, dice que todo lo soluciono con aros y pliegues de papel. Y entro en esa clase con treinta tarros repletos de hormonas. Bla, bla, bla. Lo siento, hoy no tengo inspiración. Hoy no me sale el motivaros para que se os quede algo. No.
En una de esas miro hacia la ventana y lo veo. Sí, ahí está, un albañil con una tubería de unos veinte centímetros de diámetro puesta a la altura de la entrepierna. ¿Tiene cara de salido?. Sigo la dirección de su par de ojos. Una sujeto de once años sonriente sujetando su camiseta (con escote) para enseñarle de pleno las tetas al futuro fiambre (niña gitana, trabajador payo). Mira tú que bien, pienso. Apoyo la tiza en la pizarra. Me acerco a la niñata la cojo del brazo tranquilamente y la saco de la clase.
Es muy largo de contar. Pero os diré que el padre de la niña, en vivo y en directo, con un Cristo de oro colgado del cuello del tamaño un melón de esos redondos y anaranjados, me dijo que no tenía importancia lo que hizo su hija pero que “a ese hijo puta le iba a cortar los huevos”.
Y yo hoy, terminando la semana como la empecé, con ganas de subirme a una mesa y gritar como una loca y dar saltos y dar collejas. Me agota ser contenida y equilibrada. Necesito un patio de recreo para gritar y darle patadas a mis compañeros y decirle al profe de guardia que fueron ellos quienes empezaron.


